Responsabilidad y Empresa

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Otras formas de medir el crecimiento de un país (I).

El desarrollo de los países y de sus ciudadanos está vinculado al crecimiento económico. No hay desarrollo si no hay crecimiento de la economía y si el país entra en recesión o estancamiento durante varios años seguidos, se sufre un retroceso en las condiciones de vida; laborales, educacionales, sanitarias, etc. Esto demuestra como nuestra calidad de vida está sujeta a la economía de un país.

El crecimiento económico es la variación de la producción de todos los bienes y servicios destinados a su venta dentro de un país (PIB) en el que comparamos dos periodos de tiempo, generalmente un año respecto al anterior.

¿Podríamos medir de otra forma la riqueza de un país sin utilizar su Producto Interior Bruto (PIB) o su crecimiento? ¿Sería esta nueva forma de medir el crecimiento de un país, el principio para separar nuestro crecimiento personal y humano del desarrollo de la economía?

Existen al menos dos ejemplos[1] en los que podemos medir el producto interior de un país que no utilizan el crecimiento económico. El primero de ellos es el Gross National Happiness Index[2] de Bhutan, país asiático situado en la cordillera del Himalaya, y el segundo de ellos es el Happy Planet Index[3] creado por la fundación New Economics Foundation (NEF)[4].

Os dejo aquí una descripción del Gross National Happiness Index y en una próxima entrada os hablaré del Happy Planet Index.

 

Gross National Happiness Index: Podríamos traducirlo como el Producto Bruto de la Felicidad. Tiene en cuenta el desarrollo basado en la sostenibilidad y para el cálculo del progreso tiene en cuenta aspectos no económicos y de bienestar a los que equipara en importancia a los económicos. Se basa en cuatro pilares: buena gobernanza, desarrollo socioeconómico sostenible, conservación cultural y conservación medioambiental, que más tarde evolucionaron en nueve campos: bienestar psicológico, salud, educación, uso del tiempo, diversidad cultural y adaptación, buena gobernanza, vitalidad de la comunidad, diversidad ecológica y adaptación y niveles de vida.

Se pueden dar tres resultados en su medición, Headcount o Recuento, que son los Bhutaneses que “aprueban” en seis o más de los nueve indicadores y son considerados “felices”, Intensity o Intensidad, los que no son considerados felices pero están justo por debajo en cuatro de los nueve campos pero a su vez disfrutan favorablemente de los otros cinco, y el GNH Index o Producto Bruto de la Felicidad. Este GNH Index tiene en cuenta los anteriores “recuento e intensidad” y nos da un total que se mide entre cero y uno, entre más cercano a uno mejor y más feliz es el país.

Particularmente, me parece muy interesante, pero me gustaría saber vuestra opinión. ¿Qué os parece? ¿Podría calcularse de forma similar en otros países aunque sea informativamente? ¿Tendremos unos índices similares de felicidad los países de la UE?

Si os gustó, próximamente hablaré del Happy Planet Index y trataré de llegar a alguna conclusión.

[1] Narrillos Roux, Hugo. (2012): Economía social. Valoración y medición de la inversión social (método SROI). Ecobook. Madrid.

[2] Gross National Happiness Index. Bhutan. http://www.grossnationalhappiness.com/.

[3] Happy Planet Index. http://www.happyplanetindex.org/.

[4] The New Economics Foundation. NEF. http://www.neweconomics.org/.

De la neuroeconomía al neuromarketing

Neuroeconomía

Si pensamos un poco sobre el concepto de utilidad económica, nos damos cuenta de que no es la única herramienta que utilizamos en el proceso de decisión de compra ni es la única fuerza que mueve la economía. Si fuera así, optimizaríamos nuestros ingresos de la forma en que gastáramos lo menos posible. Por ejemplo consumiendo la misma comida, poniéndonos o comprando la ropa que más dure y eliminando de nuestra vida todas las cosas superfluas y que no necesitamos para vivir. Está claro que teorías económicas como la utilidad marginal decreciente dan respuesta a por qué no consumimos el mismo bien, por ejemplo a por qué no comemos siempre lo mismo para abaratar nuestros gastos, etc.

Pero la racionalidad económica queda en entredicho por esta y otras razones. Nuestra elección es afectada por un componente emocional y psicológico, que influye en la toma de decisiones y en el estilo de vida que llevamos. Cada estilo de vida lleva inherente unos productos y una forma de consumir distinta a otras, el deportista, el lector, el “geek” de la tecnología…

La necesidad entonces de dar con un mejor análisis a las respuestas económicas funde la economía conductual y la economía experimental, de las que nace la neuroeconomía.

Podríamos definir la neuroeconomía como “el campo que, a partir de la economía conductual y de la experimental, intenta entender los procesos neurobiológicos que subyacen a la toma de decisiones” (Cortina, 2012)

Con ello, se han dado los primeros pasos que justifican determinados procesos neuronales con la toma de decisiones. De esta forma se da respuesta a que no siempre maximicemos en nuestro comportamiento económico y demos importancia a la satisfacción, reforzando la decisión intuitiva en detrimento de la decisión racional.

Donde ha conseguido más inversión la neuroeconomía es en el estudio del comportamiento del consumidor, a la que se ha llamado neuromarketing.

 

Neuromarketing

“Pretende conocer mejor las emociones, los sentimientos y las decisiones de los electores, basándose en los procesos cerebrales” (Cortina, 2012). Su nacimiento cobra sentido para comprender mejor el comportamiento del consumidor, dado que este toma decisiones inconscientes e impulsivas, lo que se considera irracional desde la teoría económica.

Hasta ahora, la única forma que han tenido los economistas y las compañías de saber lo que desean los consumidores ha sido mediante los estudios cuantitativos y cualitativos, es decir, mediante la observación y las preguntas directas a través de encuestas.

De aquí la importancia y la expectación creada por el neuromarketing, ya que el estudio del cerebro para intentar saber por qué elegimos un determinado producto, es lo que siempre han ansiado las empresas. Por supuesto, hay límites a la exactitud en la información que interpretamos de lo que sucede en nuestros cerebros en la toma de decisiones en los estudios de neuromarketing.

Todos somos consumidores y procesamos la información de distinta forma, cubriendo las mismas necesidades de formas muy distintas, consciente o inconscientemente.

Para profundizar en el neuromarketing, os recomiendo el estudio de Martin Lindstrom en su libro Buyology, el cual recoge un estudio de más de tres años, con 2000 voluntarios de todo el mundo analizando el resultado de los experimentos en relación a anuncios, marcas y logotipos.

 

Bibliografía.

 

  • Cortina, A. (2011): Neuroética y Neuropolítica. Sugerencias para la Educación Moral. Tecnos. Madrid.
  • Cortina, A. (2012): Guía Comares de Neurofilosofía Práctica. Editorial Comares. Granada.
  • García Marzá, D. y Feenstra, R. (2013): Ética y neurociencias. La aportación a la política, la economía y la educación. Servei de Publicacions de la Universitat Jaume I. Castellón.
  • Lindstrom, M. (2010): Buyology. Verdades y Mentiras de por qué Compramos. Gestión 2000. Barcelona.

Códigos éticos (I)

Estos días se me plantea la duda sobre qué exponer durante una clase para emprendedores compuesta de un número reducido de personas con un proyecto empresarial más bien modesto. ¿Qué podría explicarles dentro de la Responsabilidad Social Corporativa (RSC) que les fuera útil?

Parece que las grandes corporaciones son las que llevan la voz cantante dentro de los temas éticos de una manera bipolar: son los que más hacen por ella en cuanto a su desarrollo, informes y control, pero al mismo tiempo son los que más incumplen unos mínimos éticos y de derechos humanos. Es más fácil trabajar en la implantación de la RSC en una empresa de cierta envergadura, que encontrar de qué forma una empresa pequeña puede mejorar incorporando en su gestión estos temas.

En mi opinión, una herramienta muy útil, visible y “palpable” es el código ético, dado que puede incorporarse y seguirse por cualquier tipo de empresa por pequeña o grande que sea. Pero en un proyecto modesto de empresa casa perfectamente con la gestión del pequeño empresario porque si algo les caracteriza es el lema “pequeño pero honrado”.

Debido al tamaño del artículo, dejaré tres partes. En la primera de ellas dejo una explicación de qué es un código ético, en la segunda (código ético II) de qué partes consta y para qué sirve y en la tercera (código ético III) por qué pienso que es tan útil y de tanta ayuda al pequeño empresario.

Un código ético[1] es una forma de expresar públicamente la honestidad y el seguimiento del camino ético por parte de nuestra empresa. Entenderemos que lo hacemos público exponiéndolo bien visible en nuestra web, en nuestra publicidad, en un tríptico explicativo o por cualquier medio a nuestro alcance donde tenga un sentido su difusión.

Al plasmarse en un documento, es como lo hacemos público[2] y adquirimos el compromiso frente a la sociedad. Este es el “principio de publicidad” de Immanuel Kant, en el que presentó la cuestión de si haríamos o decidiríamos hacer las cosas que hacemos, si éstas fueran conocidas por la opinión pública.

Los códigos éticos empresariales: definen los valores y las normas morales por los que se debe regir la organización, afirmando un compromiso.

Podemos encontrar códigos éticos, códigos de conducta y códigos deontológicos y para aclarar el concepto de voluntariedad u obligatoriedad en el seguimiento de cada tipo, añadiremos que existen los enfoques de cumplimiento de normas y los de integridad. El enfoque de cumplimiento es el que incentiva o castiga, como en los códigos deontológicos o códigos de conducta y los enfoques de integridad son los que buscan un compromiso voluntario, como son los códigos éticos empresariales.

En esta distinción entre cumplimiento e integridad vemos que uno fomenta la gestión típica de empresa clásica, cumplidora de normas, que previene conductas ilegales y que su liderazgo es el de la autoridad de recursos humanos o de los departamentos jurídicos y que los intereses de las personas son materiales y particulares, el otro, el de integridad, fomenta la responsabilidad individual, por su propio criterio, el liderazgo sería de los directivos y los trabajadores tienen valores y capacidades.

Los códigos éticos intentan representar la cultura y la filosofía de la empresa, orientar a un grupo de personas en busca de un mismo objetivo ayudando a su integración y coordinación. Por tanto, podríamos concluir diciendo que el código ético nace para identificar las inquietudes y valores de cada empresa en particular, con el objetivo de que sean reconocibles tanto para la propia organización como para los agentes externos a la misma.

En una entrada posterior, Códigos éticos (II), continuaremos explicando de qué partes está compuesto y para qué sirve.

[1] http://www.iberdrola.es/conocenos/una-gran-empresa/vision-valores/

[2] García-Marzá, D. (2004): Ética Empresarial: Del diálogo a la Confianza. Editorial Trotta. Madrid

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